Homenaje a Carmen

Carmen es uno de mis personajes. Digamos que, hasta el momento, es MI PERSONAJE, así, en mayúscula. Ella me ha dado muchísimo: historia, humor, satisfacciones, seguidores, risas y desconcierto… Me ha dado la posibilidad de soñar y de ilusionarme con algo que me encanta: escribir. Creo que en la vida de cualquiera que escriba debe haber una Carmen, un personaje de esos que te robe el corazón y que lleves contigo como si fuera tu mejor amiga, como si fuera esa amiga invisible con la que discutías de pequeña. Así que a ella le he dedicado muchos de los microcuentos que he escrito a lo largo de estos últimos años, aquí os lanzo solo una muestra, ¡espero que os gusten!

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El desamor

El desamor es una sensación universal. Puede venir de repente y puede venir poco a poco, de manera que lo que antes te caía en gracia, ahora lo detestas. En cualquier caso, siempre que hay desamor, hay sufrimiento… o liberación, según se mire.

Hace un tiempo, dentro de los #BuenosDías con un #microuento, lancé una serie de microcuentos con el desamor como protagonista, espero que no te sientas muy identificado con ellos… o sí.

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#Buenosdías con un #microcuento

Hace un tiempo tuve un proyecto que me gustaba mucho:

#Buenosdías con un #microcuento

Este proyecto me dio la oportunidad de, en pocas palabras, decir mucho y dar los buenos días de la mejor forma. Dio para muchos microcuentos y ahora, mientras preparo nuevos proyectos, traigo aquí algunos de ellos.

Esta semana, una tira de microcuentos que me gustó especialmente y que tuvo al pelo como protagonista…

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 PD. A todo esto, Feliz Año Nuevo, ¿no? Que el 2018 os sonría y, su no lo hace, hacedlo vosotros. 😊

 

¡Hola, @crismandarica!

Es algo curioso cómo se forjan las relaciones. Están las de toda la vida, esas que casi no recuerdas cuándo comenzaron; luego, las que vas cosechando a través de tus experiencias, en la universidad, en tus diferentes trabajos; más tarde, incluso haces un grupito de amigas mamás del cole con las que te ves todos los días y vuestros intereses empiezan a tener más en común que los niños que os han unido. Y también están esas que se formaron en las redes sociales y que, aunque parezca increíble, siguen creciendo y creciendo hasta tal punto que cuando haces un post en tu blog, lanzas un tuit o una foto en Instagram, es como si estuviera tomando café con ellos. Además, estos tienen la peculiaridad tan estupenda de que la razón que os une es algo tan importante para ti como es, en este caso, escribir.

Todo esto es una introducción para hablar sobre cómo hay veces que esas relaciones superan la barrera de las redes sociales y empiezas una relación más en el mundo 1.0, te mensajeas con ellos, escuchas su voz, te mandan una felicitación de Navidad con un marcapáginas de regalo y te hacen sentir superespecial… Qué bien empiezan las fiestas…

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Gracias, @crismandarica, eres un sol. Qué guay haberte conocido.

PD: Tenía preparado un post con microcuentos, pero la actualidad manda, como en los informativos, y este christmas me llegó ayer por correo. 😉

¡Hola, diciembre!

Hacer coincidir mi vuelta al blog con el 1 de diciembre es, sencillamente, una casualidad. ¿Por qué vuelvo? Porque me pican los dedos, tienen tantas palabras atoradas que ya tengo dolor de estómago.

Durante todo este tiempo he leído mucho, bueno, todo lo que me han permitido dos niños en edad escolar que ahora mismo solo tienen exigencias y, aunque ya era aficionada, he redescubierto la novela negra: he disfrutado sobre manera con la Trilogía del Baztán, me he enganchado con “Puerto escondido” y “Un lugar adonde ir” o me he hecho fan incondicional de Petra Delicado. Tengo tantos crímenes en la cabeza que ya empiezo a verlos por todas partes. Tanto es así que, aún sabiendo que nunca, jamás, sabré escribir una novela negra, sí tengo una petición: quiero un crimen en el sur. Bueno, qué feo suena eso, dejémoslo en que quiero una novela policíaca que transcurra en el sur, ¿mejor? Con su inspector o inspectora genuino, con su segundo de a bordo que esté a la altura. ¿Por qué no las playas de Cádiz en lugar del paisaje otoñal y lluvioso del norte? Como una petición sin más no tiene efecto, hago un llamamiento junto con un párrafo que se me ocurrió al final de una mis lecturas. Porque que no sea capaz de escribir negra no significa que no me guste jugar con ella.

“Se echó la mano a la boca y a la nariz para evitar que el mal olor penetrase hasta el fondo, aunque, para qué negarlo, ya lo había hecho. Sin embargo, con ese gesto, le llegó una ráfaga del olor infantil que su hijo pequeño le había dejado impregnado. Esto le produjo dos sensaciones contradictorias: por un lado, percibir ese aroma fue como un golpe de brisa fresca en aquel lugar cerrado y viciado, lo cual lo agradecieron sus pulmones y sus sentidos; por otro, le resultó absolutamente intolerable que un olor tan familiar, tan inocente, se inmiscuyera en lo más miserable del mundo. No, no podía permitirlo, y se quitó la mano de la cara aún a sabiendas de que las arcadas serían difíciles de controlar.

Solo había pasado media hora desde que dejó a sus hijos en la orilla de la playa al cuidado de su padre y se marchó corriendo después de recibir una llamada a todas luces inoportuna. Disfrutaba de un merecido día libre con su familia, en la playa, con filetes empanados que ella se empeñó en preparar esa misma mañana temprano y una tortilla de patatas que también había dejado cocinada la noche anterior. Solo quería recrear uno de esos días que ella recordaba en su memoria infantil y que tenía el empeño de dejar en recuerdo también a sus hijos. Pero no, no podía ser, últimamente cualquier intento de hacer una vida normal se veía saboteado por su trabajo. ¿Últimamente? No, siempre. Desde que se convirtió en inspectora, cualquier indicio de normalidad en su vida personal era pura casualidad: horas intempestivas, desayunos a las dos de la tarde, guarderías y colegios sin atender, relación de pareja a través del teléfono y del calor de unas sábanas vacías… ¿Cómo lo llamaban a él en la comisaría? El santo varón, sí, su marido era un santo varón.

Llegó en chanclas y camisola, al fin y al cabo, de su sombrilla al lugar de los hechos solo distaban algunos metros. Maldita sea. Había querido obviar el revuelo que se había montado alrededor de los servicios públicos que estaban en plena playa de La Victoria, gritos apagados que podrían ser sabe Dios qué, porque el aire de levante, aún leve y asequible, se los llevaba en otra dirección. Había querido obviar también las miradas de los curiosos que dirigían sus pasos hasta el centro del meollo. Ordenó a sus hijos y rogó a su marido que no preguntaran, que no se mostraran curiosos, ¿eso era ser profesional? Bueno, eso podría considerarse ser profesional en el aspecto familiar, visto de ese modo, sí. Lo que no pudo obviar fue el timbrazo de su móvil, eso no. Y no fue sexto sentido policial ni nada por el estilo, es que sabía sumar dos más dos: aquella llamada a las doce la mañana en un día de descanso no podía significar otra cosa que:

– Inspectora García, asesinato en playa de la Victoria. – Ni un saludo ni un buenos días, nada, Marcelo solía ser parco en palabras, pero esto ya era el colmo.

– Ya lo veo, ya. ¿Sirve de algo decirte que estoy de descanso y que disfruto de un soleado día de playa junto a mi marido y mis hijos?

– ¿En qué playa estás?

– En la Victoria.

– Perfecto, menos tardarás en llegar. Es justo en los baños públicos de…

– Sí, lo puedo ver desde aquí, hay jaleo.

– ¿Y cómo que nos has ido a enterarte ya de lo que pasa?

– No sé, mi hijo de dos años está en una edad muy dependiente y será que me echa de menos porque no puedo separarme de él ni dos segundos sin que me busque y llore. – Ese tirito tampoco había encontrado víctima porque:

– Bueno, infórmame en cuanto tengas datos.

– De acuerdo, adiós.

– Adiós.

Y miró a su marido que construía un castillo en la arena con ayuda de dos cubos, tres rastrillos y cuatro palas (todos accesorios de juegos completos hace mucho desparejados) y las manos de un niño de siete años con serios propósitos de ser ingeniero.

– Te vas.

– Me voy, pero os lo compensaré.

– Anda, no digas cosas que no puedas cumplir. – Y no hubo reproche en su contestación. Se levantó y le dio un largo beso en la boca. – Te quiero, no lo olvides.

– Y yo. – Buscó con la mirada al pequeño que se había alejado más de la cuenta a recoger conchas. Lo trajo en volandas, aspirando su cuello con sabor a mar y su pelo enredado y lleno de arena. Repartió besos por doquier a sus hijos y les dijo: – Vuelvo enseguida, lo prometo.

Cuando se marchó con el bikini húmedo mojándole los pantalones cortos y la camisola, escuchó el llanto desconsolado de su hijo pequeño. “Mierda… Mierda, mierda, mierda”.

2.

Allí estaba esperándola José Miramón. Era un chaval alto, bien parecido y voluntarioso. Hacía solo dos meses que había llegado a Cádiz desde Madrid y ya se le había pegado el acento y el “pisha”, todo un personaje.

– ¿Qué tal, jefa? – Y le sonrió como solo sonríen los inocentes ante un caso de aquel calibre. Quizás había visto demasiados pocos crímenes.

– Aquí estamos.

– Yo había creído reconocerla… ¿era usted la que estaba allí…?

– Sí, era yo la que estaba allí con mi marido y mis hijos y ahora estoy aquí contigo.

– Intentaré ser buena compañía. – Y lo miré de soslayo para hacer un amago de sonrisa que quedó en una mueca difícil de interpretar para todos menos para mí.

– ¿Qué tenemos?

– Parece ser una violación que se le fue de las manos y acabó en asesinato.

A ver cómo le explicaba ella a José que una  violación, por sí misma, ya se ha ido de las manos. Su expresión no fue la más afortunada, aunque…”