Carmen!

Sinopsis: La historia de Carmen es la historia de cómo salir de un mal trago en la vida (uno muy gordo) y no quedarse por el camino (o no morir en el intento como dirían algunos).

Después de perder a su novio de forma repentina y singular, Carmen se enfrenta a meses de desesperación. Para superar el trance, el único modo que ve, tras cerca de un año de extravío emocional, es irse al pueblo de sus padres a pasar un verano de calor y nuevos aires que le sacudan la pesadumbre que se ha hecho tan natural en su existencia. Allí tratará con gente nueva, vivirá nuevas experiencias y quizá salga renovada – o no – para comenzar otra vez a vivir. Sin duda, y como no podía ser de otra forma, conocerá a un hombre. Pero ¿será él quien la saque del pozo en el que ha caído? En fin, que a base de ironía y buen humor, Carmen nos dejará acompañarla en la particular huida hacia adelante en que se ha convertido su vida.


Carmen, mi suerte en la vida

Nunca había sentido un dolor tan grande. Ni tampoco la desesperación había sido tan incontrolable. Y es que nunca me había encontrado en una situación como esta: mi chico murió hace un mes y yo sigo llorando como una descosida por los rincones de casa, del trabajo, de la calle (que tiene sus rincones oscuros e íntimos) y de todos los lugares por donde me dejo caer.

Mi hermana, después de visitar a una psicóloga de dudosa fiabilidad y en su positiva y loable intención de ayudarme en todo lo posible, me dice ahora que exagero, que me hago la víctima. Por supuesto, no se lo quise tomar en cuenta la primera vez que me lo dijo, pero ahora evito encontrármela en casa de mis padres, lugar al que acudo a por un poco de apoyo familiar y en el que no encuentro más que suficiencia cuando está ella. No lo voy a archivar en mi documento mental de cosas que echar en cara en un futuro porque sé que está mal aconsejada. Aún así le tengo que pedir las señas de esa supuesta profesional para estudiar una posible demanda.

He tenido varias relaciones en mi vida, demasiadas en boca de mi madre e insuficientes en boca de mi mejor amiga. Yo considero que estoy en un punto medio. La primera vez que salí con un chico fue a los 18, algo tarde a mi parecer, y ahora acumulo diez noviazgos de mayor o menor envergadura en mi currículo sentimental. Ha sido con Ramón con quien he llegado más lejos, de hecho, hemos llegado a vivir juntos una semana, todo un récord para bien y para mal. Sé que no he dicho mi edad, lo he hecho deliberadamente, tengo 38, ya lo solté.

A Ramón lo conocí por casualidad a la entrada de un teatro. Me fui hacia él creyendo que era mi cita a ciegas concertada a través de una página web de citas. A ver, tenía todas las señales que había pactado: jersey de rayas, pantalón vaquero y clavel rojo. Vale que la vestimenta es la que lleva el 99% de los hombres del mundo, pero ¿y el clavel rojo? Llegué, me presenté, le di dos besos y, como yo llevaba las entradas, entramos y vimos la función sin decir palabra. Cuando salimos, fuimos a tomar una copa, que se convirtieron en cuatro, y terminamos en mi piso haciendo el amor como locos. Por la mañana, cuando lo llamé “Juan”, me dijo que se llamaba Ramón y una nube blanca se instaló justo delante de mis ojos.

-¿Tú no eres Juan, el de la página web de citas?

-No, yo soy Ramón, el de la entrada del teatro.

-Entonces, ¿con quién coño me he acostado yo esta noche?

-No te sulfures, mujer, que yo no suelo tener prejuicios.

Me encerré en el baño y eché el cerrojo, como si una puerta cerrada con llave me pudiera defender de aquel desconocido, con quien había pasado toda la noche piel con piel (cómo me gusta esa expresión).

Cuando salí completamente vestida y con un jersey de cuello alto por si interpretaba mal las señales y creía que podía propasarse (ya lo sé, un poco tarde), me lo encontré desayunando un bol con leche y cereales con fibra, mis cereales con fibra. Lo miré desde la autoridad que me daba estar en mi piso y le solté:

-Te agradecería que te marcharas cuanto antes.

-¿Por qué? ¿No lo hemos pasado bien?

-No… digo, sí, pero esa no es la cuestión.

-Mira, esto no me pasa a menudo, me has gustado mucho – para mi tranquilidad, la noche anterior iba con mis mejores galas: un vestido negro que realzaba sin ser vulgar mis notables curvas, eso me daba seguridad –. No soy ningún psicópata, te lo aseguro. Me gustaría volver a verte, ¿qué me dices?

-Pues que ahora no estoy en disposición de contestarte.

-Pero si estás delante de mí, ¿qué te lo impide? No me vayas a decir que pudor… – Sí, era pudor, pero no se lo iba a decir.

-Bueno, no sé…

Lo que ocurrió entre esa última contestación y el momento en que estábamos otra vez desnudándonos para hacer el amor sobre la encimera de la cocina, realmente lo desconozco, mi mente lo ha borrado sin razón aparente. Por supuesto que la respuesta final a su pregunta fue que sí.

Los siguientes meses fueron una época convulsa, siempre que intentábamos tener una cita normal, acabábamos en mi piso. Nunca llegábamos al final de una película en el cine, a los postres en una cena o a la segunda copa en una reunión de amigos. Así que, apelando al sentido práctico de la vida, decidimos vivir juntos. A saber: si hacíamos el amor a cualquier hora del día, podríamos tener vida social. Y así lo hicimos.

Ramón abandonó el piso que compartía con un par de estudiantes polacos, que sabe Dios qué estudiaban, y trajo una caja de cartón con sus cosas a mi piso.

-¿Eso es todo? – le pregunté yo señalando la caja.

-Ajá.

-Pues descorchemos la botella de champán y brindemos por nuestra nueva vida juntos. – me congratulé del poco espacio que tendría que hacerle.

-Brindemos por eso y sellemos el momento con una promesa.

-¿Qué promesa?

-Llevamos, ¿cuánto? ¿Cinco meses juntos?

-Cuatro.

-Cuatro meses juntos. Y nos hemos dado cuenta de que estamos hechos el uno para el otro.

-Todavía me pregunto qué fue de Juan.

-Bah, eso ya no importa.

-Ya, pero por vergüenza me borré de la página web de citas y ahora no sé si quiso ponerse en contacto conmigo…

-¿Y eso qué más da ahora? Escúchame, vamos a sellar el momento con la siguiente promesa – asentí olvidando al instante mi preocupación por el pobre Juan -, haremos el amor todas y cada una de las noches de la siguiente semana para celebrar nuestro cambio de vida.

-¿Qué clase de promesa es esa? Si ya hacemos el amor casi todos los días.

-Tú lo has dicho, casi todos. Y ahora que vivimos juntos, la frecuencia bajará, créeme, tengo experiencia en eso. Quiero recordar esta primera semana toda mi vida.

-Me parece una tontería.

-Bueno, ¿y?

-¿Y qué?

-¿Brindamos y sellamos?

-Vale, haremos el amor todos y cada uno de los días…

-Las noches.

-Las noches de esta semana para celebrar nuestro cambio de vida.

-¿Empezamos ya?

-¿Por qué no?

No imaginaba que eso cambiaría tanto nuestras vidas. Porque se vino a vivir conmigo un viernes y yo, al jueves siguiente, estaba físicamente hecha polvo después de los madrugones para ir al trabajo, mis maratonianas sesiones de gimnasio (imprescindibles si quería mantener a raya a mis osadas curvas), las visitas a la casa familiar y las atenciones al nuevo inquilino de mi hogar. Pero parecía que había alguien que estaba llevando algo peor ese estrés físico, Ramón.

La noche del jueves comenzamos como siempre:

-¿Qué tal el día? – me miró desde su lado de la cama y volvió a enfrascarse en el juego que se había bajado en mi iPad.

-Bueno, hoy ha sido muy cansado, hemos tenido que sacar diez guías de transporte para los caballos de la ganadería de mi jefe. No encontrábamos los libros, el fax no iba y los caballos ya habían empezado el viaje.

-¿Siempre es igual?

-Siempre. En esa ganadería todo se hace mal, deprisa y corriendo.

-Pero si trabajas para la empresa de aceitunas. – Me maravillaba la capacidad que tenía de mantener una conversación decente y seguir jugando sin que le mataran.

-Creo que soy una chica para todo.

-Mmm, chica para todo, chica para todo… – recitó como un mantra y me miró haciendo ojitos.

-¡Tonto! ¿Y tú?

-¿Yo? Bueno, hoy el de los repartos a domicilio no ha venido a trabajar y me ha tocado a mí.

-¿Y eso?

-La gripe o no sé qué cosa.

-¿Y has repartido mucho?

-Demasiado. Y lo que dicen por ahí es mentira: no hay propina para el repartidor.

Los dos nos mirábamos con cara rara, nos habíamos demostrado que estábamos cansados, que esa noche era mejor relajarse. Nuestra conversación llevaba implícito que no teníamos cuerpo para festejos. Pero…

-Pero aunque estemos cansados, creo que por amor propio deberíamos culminar nuestra semana del sexo. – Me sorprendí a mí misma diciendo estas palabras.

-¿Tú crees?

-Si no cumplimos nuestra promesa, no vamos a empezar con buen pie nuestra nueva etapa juntos. Este fin de semana podemos relajarnos y prohibirnos cualquier tipo de excitación.

-Está bien, pero me vas a tener que trabajar un poco… Estoy muerto.

-No te preocupes, sé qué teclas tocar…

¡Y vaya si lo sabía! No hicieron falta muchas preliminares para que se arrancase. Sabía que ese sería un polvo rápido, yo tampoco tenía el físico para durar mucho. Pero él duró menos de lo que yo pensaba: cuando estaba llegando al final, sufrió un espasmo, se desplomó sobre mí y no volvió a hablarme nunca más.

La incredulidad aún me dura. Y dejé de decir cómo fue todo cuando noté las miradas extrañas que me devolvía la gente al contárselo. Un poco demasiado tarde, porque en la última semana – habiendo dejado tres para el luto de rigor – he recibido alguna que otra invitación masculina. Por lo que me he enterado, quieren comprobar si mi fogosidad en la cama es tan intensa como para matar a los hombres. Hasta mi jefe me mira con otros ojos ahora. Y mi amiga me dice que aproveche la ocasión y mate a más de uno, que se lo merecen y que así salvaría a la especie femenina de más de un espécimen masculino indeseable. Yo le río la broma, pero maldita la gracia que me hace. Sin embargo, tampoco se lo tengo en cuenta porque sé que Gloria es así de loca y no piensa nunca lo que dice, que me quiere a pesar de todo y que ha sentido más que nadie mi suerte en la vida.

Según la versión médica, a Ramón le falló el corazón. El médico me puso como ejemplo esos futbolistas que se desploman sobre el terreno de juego, la diferencia está en que Ramón estaba “ejem, en otro terreno de juego, ya me entiende usted”. Lo entendía. Lo que no lograba comprender del todo era por qué me había tocado a mí. Y eso no era algo que me pudiera responder el doctor, me remitió al cura de la parroquia que había junto al hospital porque eran cuestiones metafísicas en las que no quería entrar, y que como era ateo, tampoco se quería meter en camisa de once varas.

Como andaba perdida, fui a la parroquia. Sobre decir que llevaba sin pisar una iglesia desde que hice la primera comunión, evento de lo más fructífero que solo recuerdo por la montaña de regalos que acumulé en mi habitación durante las semanas siguientes y  porque nunca más necesité comprarme una caja de colores. Me senté en el confesionario y el cura, a través de la filigrana de madera que nos separaba, me rogó que me arrodillara. Lo hice sin rechistar, no iba yo a cuestionar las costumbres en esos momentos de mi vida. Cuando le relaté por completo mi historia y le confié mis pesares, sintiéndome mucho más tranquila, con una paz interior que nunca pensé que volvería a tener, me devolvió a la vida real. Aquel cura me recriminó el haberme ido a vivir en pecado con un hombre; que no iba a entrar en indagar qué había sido mi vida anterior a eso, pero que no cabía duda de que debía reflexionar sobre la posibilidad de considerar lo que me había pasado como un castigo a una vida libertina y desorganizada. Salí confundida y llorosa y aún estoy con los cientos de Padrenuestros y Avemarías pendientes por rezar. Creo que se los deberé a Dios toda la vida.

A Ramón lo enterraron en el panteón familiar. Tenía panteón familiar y yo ni siquiera lo sabía. De hecho, creía que quería que lo incineraran, pero una señora a la que no había visto nunca y que decía ser su madre se presentó en el tanatorio y dejó relegada mi presencia, junto con mi pequeña familia y mi amiga Gloria siempre fiel, a un cuadro de reminiscencia cubista (por nuestras caras de pasmo) que se cuelga en el último rincón de la casa y que no tiras por vergüenza a que te vea alguien.

Así acabó mi relación con Ramón, entregando sus escasas pertenencias, previa orden de la señora desconocida, la mañana de su entierro.

“Tu suerte en la vida te la tienes que buscar tú”, me dijo mi abuela. Y en esas estoy yo ahora, buscándola.


Sigue leyendo cómo Carmen busca su suerte en La Suerte de Carmen, si acabas de descubrirla aquí, ¡tienes mucho por delante!

Es Carmen!

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