¡Hola, diciembre!

Hacer coincidir mi vuelta al blog con el 1 de diciembre es, sencillamente, una casualidad. ¿Por qué vuelvo? Porque me pican los dedos, tienen tantas palabras atoradas que ya tengo dolor de estómago.

Durante todo este tiempo he leído mucho, bueno, todo lo que me han permitido dos niños en edad escolar que ahora mismo solo tienen exigencias y, aunque ya era aficionada, he redescubierto la novela negra: he disfrutado sobre manera con la Trilogía del Baztán, me he enganchado con “Puerto escondido” y “Un lugar adonde ir” o me he hecho fan incondicional de Petra Delicado. Tengo tantos crímenes en la cabeza que ya empiezo a verlos por todas partes. Tanto es así que, aún sabiendo que nunca, jamás, sabré escribir una novela negra, sí tengo una petición: quiero un crimen en el sur. Bueno, qué feo suena eso, dejémoslo en que quiero una novela policíaca que transcurra en el sur, ¿mejor? Con su inspector o inspectora genuino, con su segundo de a bordo que esté a la altura. ¿Por qué no las playas de Cádiz en lugar del paisaje otoñal y lluvioso del norte? Como una petición sin más no tiene efecto, hago un llamamiento junto con un párrafo que se me ocurrió al final de una mis lecturas. Porque que no sea capaz de escribir negra no significa que no me guste jugar con ella.

“Se echó la mano a la boca y a la nariz para evitar que el mal olor penetrase hasta el fondo, aunque, para qué negarlo, ya lo había hecho. Sin embargo, con ese gesto, le llegó una ráfaga del olor infantil que su hijo pequeño le había dejado impregnado. Esto le produjo dos sensaciones contradictorias: por un lado, percibir ese aroma fue como un golpe de brisa fresca en aquel lugar cerrado y viciado, lo cual lo agradecieron sus pulmones y sus sentidos; por otro, le resultó absolutamente intolerable que un olor tan familiar, tan inocente, se inmiscuyera en lo más miserable del mundo. No, no podía permitirlo, y se quitó la mano de la cara aún a sabiendas de que las arcadas serían difíciles de controlar.

Solo había pasado media hora desde que dejó a sus hijos en la orilla de la playa al cuidado de su padre y se marchó corriendo después de recibir una llamada a todas luces inoportuna. Disfrutaba de un merecido día libre con su familia, en la playa, con filetes empanados que ella se empeñó en preparar esa misma mañana temprano y una tortilla de patatas que también había dejado cocinada la noche anterior. Solo quería recrear uno de esos días que ella recordaba en su memoria infantil y que tenía el empeño de dejar en recuerdo también a sus hijos. Pero no, no podía ser, últimamente cualquier intento de hacer una vida normal se veía saboteado por su trabajo. ¿Últimamente? No, siempre. Desde que se convirtió en inspectora, cualquier indicio de normalidad en su vida personal era pura casualidad: horas intempestivas, desayunos a las dos de la tarde, guarderías y colegios sin atender, relación de pareja a través del teléfono y del calor de unas sábanas vacías… ¿Cómo lo llamaban a él en la comisaría? El santo varón, sí, su marido era un santo varón.

Llegó en chanclas y camisola, al fin y al cabo, de su sombrilla al lugar de los hechos solo distaban algunos metros. Maldita sea. Había querido obviar el revuelo que se había montado alrededor de los servicios públicos que estaban en plena playa de La Victoria, gritos apagados que podrían ser sabe Dios qué, porque el aire de levante, aún leve y asequible, se los llevaba en otra dirección. Había querido obviar también las miradas de los curiosos que dirigían sus pasos hasta el centro del meollo. Ordenó a sus hijos y rogó a su marido que no preguntaran, que no se mostraran curiosos, ¿eso era ser profesional? Bueno, eso podría considerarse ser profesional en el aspecto familiar, visto de ese modo, sí. Lo que no pudo obviar fue el timbrazo de su móvil, eso no. Y no fue sexto sentido policial ni nada por el estilo, es que sabía sumar dos más dos: aquella llamada a las doce la mañana en un día de descanso no podía significar otra cosa que:

– Inspectora García, asesinato en playa de la Victoria. – Ni un saludo ni un buenos días, nada, Marcelo solía ser parco en palabras, pero esto ya era el colmo.

– Ya lo veo, ya. ¿Sirve de algo decirte que estoy de descanso y que disfruto de un soleado día de playa junto a mi marido y mis hijos?

– ¿En qué playa estás?

– En la Victoria.

– Perfecto, menos tardarás en llegar. Es justo en los baños públicos de…

– Sí, lo puedo ver desde aquí, hay jaleo.

– ¿Y cómo que nos has ido a enterarte ya de lo que pasa?

– No sé, mi hijo de dos años está en una edad muy dependiente y será que me echa de menos porque no puedo separarme de él ni dos segundos sin que me busque y llore. – Ese tirito tampoco había encontrado víctima porque:

– Bueno, infórmame en cuanto tengas datos.

– De acuerdo, adiós.

– Adiós.

Y miró a su marido que construía un castillo en la arena con ayuda de dos cubos, tres rastrillos y cuatro palas (todos accesorios de juegos completos hace mucho desparejados) y las manos de un niño de siete años con serios propósitos de ser ingeniero.

– Te vas.

– Me voy, pero os lo compensaré.

– Anda, no digas cosas que no puedas cumplir. – Y no hubo reproche en su contestación. Se levantó y le dio un largo beso en la boca. – Te quiero, no lo olvides.

– Y yo. – Buscó con la mirada al pequeño que se había alejado más de la cuenta a recoger conchas. Lo trajo en volandas, aspirando su cuello con sabor a mar y su pelo enredado y lleno de arena. Repartió besos por doquier a sus hijos y les dijo: – Vuelvo enseguida, lo prometo.

Cuando se marchó con el bikini húmedo mojándole los pantalones cortos y la camisola, escuchó el llanto desconsolado de su hijo pequeño. “Mierda… Mierda, mierda, mierda”.

2.

Allí estaba esperándola José Miramón. Era un chaval alto, bien parecido y voluntarioso. Hacía solo dos meses que había llegado a Cádiz desde Madrid y ya se le había pegado el acento y el “pisha”, todo un personaje.

– ¿Qué tal, jefa? – Y le sonrió como solo sonríen los inocentes ante un caso de aquel calibre. Quizás había visto demasiados pocos crímenes.

– Aquí estamos.

– Yo había creído reconocerla… ¿era usted la que estaba allí…?

– Sí, era yo la que estaba allí con mi marido y mis hijos y ahora estoy aquí contigo.

– Intentaré ser buena compañía. – Y lo miré de soslayo para hacer un amago de sonrisa que quedó en una mueca difícil de interpretar para todos menos para mí.

– ¿Qué tenemos?

– Parece ser una violación que se le fue de las manos y acabó en asesinato.

A ver cómo le explicaba ella a José que una  violación, por sí misma, ya se ha ido de las manos. Su expresión no fue la más afortunada, aunque…”

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Es miércoles, es Carmen!

Hoy estoy entre la emoción y la pena. Emoción porque Carmen! llega a su fin, o al menos su tercera temporada, y es como cuando estás en la última página de un libro y por fin vas a saber qué pasa.. Pena porque han sido más de tres años, largos, divertidos, ilusionantes… En  ellos: Carmen ilustrada, comentarios, seguidores y escribir, mucho de eso, de escribir.

No me enrollo más porque creo que querréis pasar directamente a Carmen!

¡Disfrutadla!

XXIX. Ay, madre del amor hermoso (O Carmen, vaya suerte la mía)

Qué calor hacía en Madrid en pleno agosto. Mi escapada solitaria al hotel de lujo me costó quedarme allí todo el verano. Estaba deseando volver al pueblo – quién me iba a decir a mí que pensaría algo semejante – y reunirme con Pepe y su mes de vacaciones. También me reuniría con Ceci, mi extraña hijastra, y su lánguida madre, cada vez adoro más mis curvas. Sigue leyendo…

Venga, no seáis impacientes: antes de darle al enlace, disfruta, como cada miércoles, de Carmen! en breve con este microcuento.

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Es miércoles, es Carmen!

Igual que la semana pasada, o la anterior, hablábamos sobre el placer de la incertidumbre, hay momentos en que ese placer se convierte en calvario: justo cuando ya has hecho todo lo que estaba en tu mano y ya nada depende de ti. Carmen, sola en una habitación de hotel esperando la respuesta de Pepe, esa puede ser la definición de tortura.

XXVIII. No es una noche cualquiera

He decidido no quitarme los zapatos en toda la noche. Espero sentada en la cama vestida, calzada y maquillada porque lo que espero se merece mis mejores galas. Aunque los ojos ya se me caen de sueño, me quito las lagañas con golpes en los ojos, cuidadosos golpes que no me corran el rímel. Sigue leyendo…

Y siguiendo el carácter sencillo y transparente de las relaciones de Carmen, aquí va este microcuento, para que disfrutéis de Carmen! en breve antes de iros a su blog a disfrutar de ella en extenso.

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Es miércoles, es Carmen!

Comienza la conversación entre Carmen y Pepe, ¿te la vas a perder?

XXVII. Los primeros amores, si no se logran, quedan estampados en la memoria (y 4)

– ¿Estás bien? No te he llamado, lo sé, pero la cara de Alberto en el hospital me quitó las ganas. – Ahora estamos en el callejón de atrás. Su olor a cocina y a hombre me tiene sugestionada por completo, ¿qué es lo que me había dicho? Sigue leyendo…

Y a veces somos nosotros los que ponemos toda la carne en el asador para conseguir algo y, aunque es la forma más precisa de estamparse contra una pared, también es la única forma de lograrlo. Si no, que se lo digan a Carmen. Disfruta de Carmen! en breve con este microcuento antes de irte a acabar esta conversación a su blog.

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Es miércoles, es Carmen!

Vuelve Carmen y cómo lo hace: con las ideas claras, persiguiendo a Pepe y evitando mesas con sus curvas enfundadas en un vestido negro. Allá va… ¿lo logrará?

XXVII. Los primeros amores, si no se logran, quedan estampados en la memoria (3)

La gafapasta viene detrás de mí con asombrosa agilidad, debe de ser la edad, mientras me increpa e intenta retenerme cogiéndome por el brazo. Yo me deshago de ella con una facilidad sorprendente, quizá la facilidad que te da el no tener vergüenza y no temer perder los papeles delante de toda esa gente desconocida que ocupa absolutamente todas las mesas del restaurante y que ahora clava sus ojos en nosotras dos, con un evidente interés por saber qué ocurre. Sigue leyendo…

Carmen se acaba, le queda poco: solo tres semanas más, tres miércoles de Carmen. ¿Cómo podré sobrevivir a su ausencia? Mejor no pensarlo aún y disfrutar de ella porque queda lo mejor. Y de todas formas, siempre nos quedarán sus microcuentos. Disfruta de Carmen! en breve antes de irte a disfrutar de su nueva entrega.

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