La vida mínima

Sinopsis: ¿Qué harías si te diagnosticaran una enfermedad de las llamadas “malas” de un día para otro? Seguramente te plantearías muchas cosas, una de ellas es probable que fuera centrar tu atención en los detalles pequeños que te rodean, esa vida mínima que es la esencia de toda vida máxima.

Este relato es totalmente ficticio en los hechos, unos hechos que por desgracia son cada vez más comunes en la vida real (o nos enteramos más, que también puede ser). Sin embargo, no es ficticio en los sentimientos, en los detalles, en esa vida mínima que es la base de toda vida máxima.


La vida mínima

Post 1

Nunca pensé que sería yo.

Siempre tiene que haber una. Una vecina, una amiga de mi primo o una madre de la clase de mis hijos, una mujer joven que con solo treinta y tantos tiene cáncer. Y nunca pensé que fuera a ser yo.

Observándome desde fuera puedo decir que, como en pocas ocasiones, hablo en primera persona de todas esas cosas que hasta el momento no son más que imaginaciones de las personas que mantienen la conversación con un tono de terror y alivio en sus voces. Me sentaría con ellas y les hablaría sobre la impotencia, el dolor físico en el que se convierte el saber, el anhelo, la nostalgia de todo aquello que aún conservo, las patadas hacia adelante que me doy a mí misma, de la incertidumbre, del miedo, de los ojos de mi marido o de las risas todavía inocentes de mis hijos. Les hablaría de la frustración de mi madre, que cada día se ofrece a Dios, al suyo, en mi lugar, como si los sacrificios surtieran efecto y viviéramos en la Edad Media. Les contaría que mi padre no habla sobre el tema y solo atina a darme más besos de los que son normales en él. También podría explicarles que mi hermana viene tres veces por semana a casa con la excusa de ayudarme en los quehaceres diarios, como si yo no supiera que realmente está acumulando momentos conmigo.

Luego de todo eso, pagaría yo el café asegurándoles que se me quedan muchas cosas en el tintero: el enfado, la ansiedad, la capa de normalidad con la que cubro cada movimiento, las discusiones inevitables en casa; pero que para qué hacerlo. Les insto a que sigan con sus vidas al margen de todo pensamiento negativo porque ¿para qué?

Dicen que cuando alguien se encuentra de repente en una situación como en la que me encuentro yo comienza a valorar todo, hasta los detalles más nimios. Y no es que yo haya sido del tipo de persona que no se ha fijado en ellos nunca, al contrario, pero eso es lo que voy a hacer. Voy a coger los detalles más pequeños de mi vida y los voy a poner en el pedestal que se merecen. Ya los puedo ver ahí arriba, alegres, contentos porque por fin se los considera. Y ya me puedo ver yo ahí abajo, sonriéndoles y limpiando con ahínco y Cristasol la vitrina que los protege.

Los olores, los gestos, las palabras y lo que vaya surgiendo. Compilaré mis tesoros intangibles algunos y otros no tanto en un puñado de posts porque así lo quiero y así lo necesito y porque, qué caray, todo es tan fácil en Internet y te lo ponen tan asequible que sería un delito no aprovecharlo.

Post 2

Los olores

Quizá sean los olores ese detalle en el que menos me he fijado de forma diaria y el que más me ha sorprendido cuando ha aparecido en todo su esplendor. De repente vas por la calle o por el pasillo de tu casa y un olor te sale al paso así, sin pedir permiso, trayendo a tu mente un abanico de recuerdos que ríete tú de los álbumes de fotos. Es entonces cuando el sentido del olfato se yergue y sonríe satisfecho y displicente.

La crema Nivea siempre me traerá a la memoria escenas de playa; la dama de noche (la planta, no ningún personaje de cuento de terror) me provocará la imagen de paseos al anochecer a finales de verano; o el anís, su olor, siempre revivirá a mi abuelo y a las mañanas de invierno. Pero esos son olores perennes, ¿y los caducos?

Olores caducos como ese aroma a sudor de bebé mezclado con colonia infantil que tiene su máxima potencia en la nuca de mi hijo pequeño. Hundo mi nariz en la pelusilla de su pelo mientras él protesta y manotea. Pero a mí me da lo mismo, soy su madre y como hijo hay ciertas cosas que tendrá que aguantar, incluso sin entenderlas. Y esta es una de ellas.

Ese olor desaparece. Ese olor ya lo tuvo el mayor y ahora no hay rastro de él. Lo he buscado en otros bebés ajenos (intentando disimular  mis verdaderas intenciones porque quedaría muy raro) y no lo he encontrado. Ese olor solo es en tus bebés. Tal vez vuelva en tus nietos, pero queda tan lejos que no es práctico pensarlo. Y también es imposible reproducirlo. Comprar la colonia a destiempo no surte efecto, es más, es extraño (menos que oler otros bebés, todo hay que decirlo). Y de todos modos, es un aroma que ya no vuelve, igual que no vuelven los años que pasan.

Post 3

Los gestos

Mi hijo mayor sube los hombros y extiende los brazos y las manos cuando explica algo obvio. Algo tan obvio como que cuando dice “quiero ver dibujos” es “quiero ver Nickelodeon Junior”. Si le pregunto qué canal, él sube los hombros, extiende sus brazos y me dice: “Nick. Junior, mamá, Nick. Junior”. Por supuesto que es Nick. Junior, eso ya lo sé, pero lo hago queriendo, para verlo hacer ese gesto que no sé bien de dónde ha copiado, pero que me gusta tanto y me provoca tanta ternura.

Somos gestos, un cuerpo sin gestos no tiene personalidad. Y a mí me gusta detectarlos, archivarlos y provocarlos para verlos una y otra vez, como si buscara mi escena favorita de una película, como si buscara cuando Baby y Johnny fingen dar una clase de baile en “Dirty Dancing”. Son extraños los gestos y es extraño el modo en que los persigo.

Todos arrugamos la nariz, pero nadie lo hace de la misma forma ni ante las mismas cosas. A no ser que seas familia. Porque es formidable cómo veo momentos de mi padre en mi hijo. Sonrisas nerviosas, tics en los ojos, cómo mi madre contrae la boca cuando está gastando una broma (con lo que deja de serlo) o el último toque que mi marido le da a una prenda cuando la dobla, son los gestos que como las cosquillas le arranco a la vida.

Post 4

El trabajo

Tuve un altercado en el trabajo solo veinticuatro horas antes de que me dieran los resultados de las pruebas que confirmarían las peores sospechas.  Mi jefe me dejaba sin un importante proyecto que me había quitado todo el sueño que antes no me habían arrebatado mis hijos.

Si hubiera creído en los complots, ahora estaría pensando que mi jefe estaba al tanto de mis devaneos médicos y que conocía mi situación antes que yo porque habría enviado mis muestras a un laboratorio independiente para asegurar la eficacia y el trabajo de su empresa. Nada más lejos de la realidad, le daba el proyecto a mi compañera, que había trabajado en él tanto o más que yo. Y para quien piense que quizá fuera una decisión en la que los hijos pesaban tanto como cuando eliges destino de vacaciones: mi colega tiene nada menos que cuatro retoños de infarto esperándola en casa. Todavía la admiro.

Pero esa no es la cuestión, la cuestión es que me sigue importando. Al margen de que ahora estoy de baja y que no me hubiera hecho cargo del proyecto de todos modos, me sigue pareciendo una injusticia porque personalmente me considero más adecuada para él que mi colega. Lo que pasa es que ya no despotrico ni invento lenguajes paralelos para seguir haciéndolo delante de los niños con mi marido entornando los ojos haciendo como el que me entiende. Sigue siendo importante, mi cabeza sigue teniendo espacio para esos asuntos laborales en los que las ambiciones personales siguen vigentes, pero sin duda han bajado varios tramos de escaleras en mi escala de “cosas importantes en la vida”.

Post 5

Los momentos

Qué verdad más grande es aquella que dice que nunca te das cuenta de la importancia de un momento hasta que lo has vivido y lo ves ya de lejos desvanecerse en tu recuerdo. Me ha salido algo muy poético, pero es cierto. Sin embargo, cada vez que pienso en eso, se me va la cabeza a los momentos-evento, sí, esos acontecimientos BBC grandes de la vida: bodas, bautizos y comuniones. Sumémosle también cumpleaños, Navidad y viajes. ¿Y dónde quedan los momentos de andar por casa? Esos que vivimos día a día y que conforman realmente nuestra vida doméstica – y con doméstica no quiero decir solo del hogar-, ya puestos, esos momentos mínimos. Digamos que ellos sufren una doble discriminación a pesar de ser los que nos transmiten las dosis de felicidad diaria que necesitamos para vivir. Solo cuando desaparecen por el motivo que sea, te das cuenta de su ausencia, como pasa con todas las cosas importantes.

Y lo hacen. Como el baño de un bebé, al que he vuelto después de unos años, pero que ya no volveré a tener con el mayor. Esos momentos con fecha de caducidad que hacemos de forma automática y que no veneramos como debemos.

Y luego están esos momentos que buscas tú, los que construyes casi sin darte cuenta. De ese modo, qué sería de mi vida sin mis desayunos diarios con la amiga; sin salir al cuentacuentos con el mayor y escucharlo luego contarme la misma historia pero a su forma; sin las series noctámbulas con mi marido; sin las conversaciones sobre nada en particular con mi madre y mi hermana; sin el café con amigas de toda la vida con las que da lo mismo que no hables en semanas porque todo sigue igual.

¿Qué es la vida sin sus momentos? No es que llegados a mi caso los valores más, es que ellos son los que dan valor a tu vida.

Post 6

Hasta aquí

Al margen de que los médicos me han dado esperanzas altas y que confío en que esto sea una tormenta en el vasto océano de mi existencia, me voy a entregar a mi vida mínima. Me voy a entregar a mis detalles vitales, a esos con los que convivo todos los días, a todas horas. Porque ellos son los que me hacen feliz, los que me hacen darme cuenta de que la vida vale pena. No me vuelvo radical, la vida vale la pena también por esos grandes viajes que hacía antes de tener hijos y más dinero en la cuenta corriente, por esa serie de televisión que me mantiene enganchada a la tele y por esos libros que me quitan el sueño – señal inequívoca de que es bueno –. Pero ahora mis ojos se abren para percibir lo más pequeño y lo más abundante que, por eso precisamente, por lo abundante, no se valora en su justa medida y que cuando se va, da igual lo abundante que fue en su momento, lo echas de menos a rabiar.

Seguiré provocando gestos en mis hijos, olisqueando la nuca del pequeño, tumbándome en el sofá con mi marido como si fuéramos dos adolescentes (y aguantando mucho menos, que mis cervicales ya no son lo que eran), desayunando y riendo e inventando cada mañana con LA AMIGA. Seguiré sacando brillo a la vitrina que los guarda, mirándolos desde abajo y trayéndolos a las papilas gustativas de mi memoria para saborearlos una y otra vez. Y seguiré creando nuevos detalles mínimos que continúen construyendo mi vida grande.

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7 comentarios en “La vida mínima

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